TALLER DE GUITARREROS XIII

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Graciliano Pérez y José Pérez

Aquel agosto de 1966 fue para mí especial, yo era un niño de once años, que desde muy pequeño había soñado con tener una guitarra, mi abuela materna había llenado mi cabeza con historias de cuando era joven y tocaba varios instrumentos ,luego una vez que se caso, Su vocación musical quedó frustrada pero no su imaginación en la que siguió desarrollando día tras día la relación con la guitarra ,el acordeón y la bandurria, en voz alta iba relatándome como eran ,las notas musicales tarareándolas, probablemente con esa edad yo no había visto ninguna guitarra pero tuve muy claro que yo quería una ,la primera oportunidad surgió aquel mes de agosto de hace casi 50 años, mi tío Paco quería comprar una y yo le acompañe, Miguel Rodríguez por las tardes no se daba mucha prisa en abrir ,puede que porque era un mes de poca venta o más bien para evitar el calor excesivo dentro del taller, porque aunque era una casona de techos altos y muros gruesos ,el aire cálido podría raja el frágil ciprés en un abrir y cerrar de ojos, no sé qué hora sería quizás las 6 de la tarde ,pero la guitarrería de la calle Alfaros estaba cerrada a cal y canto como yo vivía muy cerca volvimos más tardé y ahora sí Miguelito nos atendió, mi tío escogió una después de ver varias y yo quedé extasiado con la visión de a aquella cosa que yo tanto me había imaginado pero nunca había tenido en mis manos, Miguel atendía en lo que era una amplia sala que servía de tienda y taller ,aunque separadas por un largo mostrador que debió adquirir en alguna vieja tienda de pasamanería, aquel mostrador tenía una peculiaridad ,una especial de barra dorada en toda su longitud en la que se podrían hacer colgado paraguas ,gabardinas u otros objetos.

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No era la primera vez que Miguel aprovechaba muebles de estas características para su taller, baste decir que la solería era la misma que pavimentaba la acera de todas las calles de Córdoba, cuando le tocó el turno a la calle Alfaros estoy seguro que se las arreglo para conseguir una partida de aquellas baldosas tan peculiares, pero con un gran inconveniente al tener un diseño ranurado, sí se fregaba el suelo el agua quedaba atrapada en los surcos y aquello era lo menos adecuado para el taller ya que aumentaba la humedad del ambiente ,por eso Miguel sí veía a su mujer Josefa intentar fregar, casi enloquecía e impedía el vertido de una sola gota de agua.

Detrás de aquella estancia a resguardo de la vista de cualquiera se encontraba el Santa Sanctórum de la guitarrería, sus máquinas y almacén de maderas ,esa parte abovedada acabada en la pared habían pertenecido a una carnicería ,el sitio ideal para guardar la carne con varios grados menos de temperatura ,la calle Alfaros se llamó siempre desde tiempo inmemorial calle de las carnicería, porque en ella se concentran gran número de ellas, pero aquella especie de cueva tenía una peculiaridad aun más curiosa lindaba con los muros de uno de los más antiguos conventos de Córdoba Lo que hace pensar que aquella parte del taller podía ser muy bien del siglo XV o XVI, allí guardaba miguel oculta a las miradas ajenas sus maderas, como tenía aquella ” guasa ” que le caracterizaba ironizaba relacionando el buen sonido de sus guitarras con la curación recibida de sus maderas junto al muro conventual donde sin duda las monjitas al cantar recibían la inspiración Divina, el aseguraba que sus maderas se impregnaban de dicho don.
Pronto, justo dentro de un año hará 50 que sentí algo inexplicable que marco mi vida, bodas de oro, que celebrare, sí nada lo impide volviendo a la puerta hoy cerrada de aquel taller, a las 6 de la tarde en Agosto cuando el sol descargue sus 43 grados, tocare la misma manilla y aunque no responda nadie, saludare a D. Miguel y me marchare con el regusto de haber conseguido ser un Guitarrero, cosa que en aquel día maravilloso sin yo saberlo se me metió muy dentro.

Por Graciliano Pérez Carrizosa
Constructor Artesano de Guitarras
Colaborador Fundación Guitarra Flamenca.
www.fundacionguitarraflamenca.com

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